Enrique de la Madrid Cordero
El pasado 15 de octubre tuve el gusto de inaugurar la III
Feria Nacional de Pueblos Mágicos, en donde se presentan los resultados de este
programa creado por SECTUR que cumple 15 años para impulsar y apoyar la
actividad turística local bajo un esquema de coordinación con estados,
municipios y ciudadanía, y en el que se han invertido más de 2 mil 500
millones
de pesos en los últimos 4 años.
En esta ocasión la ciudad de Querétaro fue la sede de un
evento particularmente exitoso, con un gran número de instituciones
participantes, conferencias, stands y una asistencia récord de más de 90 mil
personas frente a las 10 mil y 30 mil de las dos ediciones anteriores; todo
ello de gran impacto para promocionar los 111 pueblos que al día de hoy forman
una colección de destinos sinigual.
El común denominador de los Pueblos Mágicos es la
revalorización de la riqueza y el patrimonio cultural y natural de las pequeñas
poblaciones del país, expandiendo su desarrollo y bienestar con el turismo como
instrumento.
A lo largo del país encontramos ejemplos que hablan del
éxito de Pueblos Mágicos. Por ejemplo, Huasca de Ocampo, en Hidalgo estaba
catalogado entre los municipios más pobres del país antes de recibir el
nombramiento como primer Pueblo Mágico hace quince años; desde entonces ha quintuplicado la oferta de
servicios turísticos, con todo el desarrollo económico, humano y social que
esto conlleva. Existen también casos como el de Viesca en Coahuila, donde su
inclusión en el programa le permitió reconfigurarse por completo de una
vocación agrícola, que por circunstancias particulares estaba en franca
contracción, a una de servicios y con ello prácticamente evitó convertirse en
un pueblo fantasma.
En poblaciones como San Juan Teotihuacán y San Martín de las
Pirámides en el Estado de México, el flujo de visitantes detonado por su
pertenencia al Programa ha contribuido a crear novedosos nichos de mercado como
el de vuelos de globos aerostáticos. Muestra también de conversión de
actividades, es el pueblo mágico de Valladolid, en Yucatán, que dejó de ser
sólo un lugar de paso para el turismo arqueológico, a un destino en sí mismo,
desarrollando una oferta única caracterizada por su hospedaje en casonas viejas
y ex haciendas y una gastronomía única.
Entre las características del Programa destaca su alto grado
de vinculación con la comunidad. El esfuerzo que implica cumplir con los
requisitos del programa requiere de la cooperación de los habitantes de la zona
y de distintos niveles de gobierno y autoridades. Gracias a los beneficios
económicos que conlleva el nombramiento, aumenta el sentido de pertenencia y se
refuerzan la identidad y el orgullo de los pobladores, los cuales se convierten
en los principales interesados en mantener el distintivo, creándose con ello un
círculo virtuoso de mejora continua.
Otro aspecto interesante radica en la diversificación
geográfica de los nombramientos, pues hoy es posible encontrar al menos un
pueblo mágico en cualquier estado del país, lo que ha servido para detonar la
vocación turística de entidades como Hidalgo, Coahuila o Nuevo León, entre
otros, que han encontrado una nueva veta de desarrollo y fuente de empleo para
su comunidades.
Pueblos Mágicos es un concepto con reconocimiento
internacional, por lo que México ha tenido acercamientos de otros países, como
sucedió recientemente con el Reino Unido, interesados en nuestra experiencia y
en importar el modelo.
En suma el Programa
Pueblos Mágicos se ha constituido como un vehículo idóneo para avanzar
en varios de los objetivos prioritarios de la administración del presidente
Peña Nieto, en especial el de democratizar el desarrollo económico, a través de
la creación de empleos y opciones de desarrollo sostenible a las comunidades.
http://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/articulo/enrique-de-la-madrid/nacion/2016/10/21/pueblos-magicos-democratizador



